El fútbol te inspira

El quinto penal

Por Sebastián Polla

Profe en las divisiones formativas del club Bella Vista.

Es el quinto penal.

Pablo, abrazado a sus compañeros en la mitad de la cancha, ve como el brasileño se persigna, comienza a caminar dejando atrás a esos cracks, como él, de camiseta amarilla, mientras mantiene en vilo a todo el estadio ruso.

Entonces relojea, casi sin querer mirar, cómo ese fenómeno con la "10" llega al área, levanta la pelota y se toma, con toda parsimonia, su tiempo para acomodarla en el punto penal.

Lo ve retroceder para tomar carrera... Y piensa, con algo de resignación. "A este brasileño no se le mueve un pelo".

El negrito va tranquilo, relajado, con ese andar displicente tan de ellos. Como si definir un Mundial fuese algo de todos los días.

Pablo, abrazado a sus compañeros, ya no sabe a qué aferrarse, a quién rezarle. Sólo le cabe observar impávido cómo el brasileño inicia la carrera, llega al balón inmaculado y con un disparo fuerte, muy fuerte y esquinado, inatajable… Casi inatajable...

Ahí asoma la figura enorme de Sergio, que vuela hacia su derecha, sin hacer ese pasito previo hacia la izquierda que hacen los arqueros para engañar a los pateadores.

Lo ve volar como nunca antes lo vio. Lo ve hacerse gigante en el aire, inclinar la cabeza hacia atrás y estirarse hasta más no poder, llegando finalmente a alcanzar a tocar la pelota con la punta de sus dedos.

Ve cómo la pelota se desvía casi imperceptiblemente y revienta el travesaño… Es en ese preciso instante cuando Pablo, por primera vez, siente miedo.

Siente un miedo que lo paraliza, que le aprieta el pecho, que casi no le permite respirar… Porque sabe que ahora, en ese momento, le toca patear a él.

Sabe que las cámaras solo apuntan a su rostro, que el mundo entero posa la vista en su humanidad. Como, por supuesto, sucede en su amada Bahía Blanca.

Pero por sobre todas las cosas sabe que 40 millones de argentinos permanecen expectantes, en vilo, con la respiración contenida, al igual que él mismo hace exactamente cuatro años.

Sabe que en Bella Vista, en Avellaneda, en La Quiaca, en el país entero están poniendo en práctica todas las cábalas posibles, esperando que esa pelota infle la red para unirse en un solo grito y de una vez por todas poder gritar "daaale campeóóón", como en el `86.

Entonces aparece Lío para sacudirlo. Le golpea fuerte la espalda y le grita algo, seguramente una arenga, alentándolo.

Pablo lo escucha, pero se desentiende. En realidad, no escucha nada ni a nadie. Permanece con la vista clavada en el punto penal. No ve otra cosa.

Toma conciencia que tiene que caminar hasta allí. Y le parece lejísimo.

Pero va...

Respira hondo, da el primer paso para cruzar la línea de media cancha rumbo al área lejana. Mansa o cruel. Ya lo sabrá.

Justo en ese instante recuerda haber vivido ese momento. Sentirse de la misma manera, con esos nervios que lo devoran.

Esa lacerante sensación de creer que el corazón le iba a surcar el pecho.

Desde que pateó el brasilero pasaron apenas 5 segundos, pero para Pablo parece una eternidad.

Mientras da el tercer paso camino a la pelota, o más bien a la gloria o al cadalso futbolero, cierra los ojos y cuando los abre ya no ve el mismo escenario. Ya no se escuchan gritos ni cantitos. Las cámaras desaparecieron, las tribunas ya no están. El estadio tampoco.

Entonces da otro paso y se da cuenta que el lugar le resulta mucho más familiar. El césped no es el mismo, ni tan verde ni tan parejo. Incluso hasta se aprecian algunas matas rebeldes.

Escucha un sonido inconfundible, ese que sólo se oye en una sola cancha del mundo. Se trata de la sirena del cementerio que anuncia el cierre de sus puertas, durante el atardecer en La Loma.

Es ahí cuando se da cuenta que ya no está en el modernísimo estadio ruso. Está en la cancha del predio, en "la del pozo".

Pablo entonces es... Pablito.

Sigue caminando y casi sin darse cuenta traspasa la media luna e ingresa al área grande. Levanta la pelota con el pie, hace dos jueguitos, la eleva hacia el pecho y la agarra para acomodarla en el punto penal.

Cuando se da vuelta para tomar carrera levanta la cabeza y ve a sus compañeros abrazados en la mitad de la cancha. Lo sorprende que no tengan puesta la camiseta de la Selección.

Las camisetas que ve son verdes y blancas.

Mira hacia el costado y ve pegado a la línea de cal, un poco desprolija, al Profe. Tranquilo, sonriente.

Entonces rememora aquellas palabras que les dirigió hace apenas unos pocos minutos, cuando tras empatar el partido en la última jugada con un golazo del "Pitu" desde fuera del área, se sentaron los 16 en el césped, cerca del banco de suplentes de ladrillos.

Mientras algunos se acomodaban las medias, otros elongaban y algunos jugaban con el pasto cortado el día anterior, era el momento de escuchar. Todos, absolutamente todos, en silencio. Pero con la ansiedad a cuestas.

"Tienen que estar tranquilos y contentos, porque tienen la suerte de poder vivir este momento, de sentir algo que quizás nunca más vuelvan a sentir. Disfruten esa sensación y guarden cada segundo en algún lugarcito muy profundo. Yo sólo les pido dos cosas... Primero, elijan ahora el lugar adónde van a patear, cómo van a patear, y no lo cambien por nada del mundo. Y después, vayan decididos a buscar la pelota, sin dudar, repitiéndose a cada paso que van a meter el gol, sin pensar en nada más que en eso, en el gol, gol, gol, gol... Bueno… ¿Quién quiere patear?", preguntó desafiante el Profe.

Pablito recuerda que fue el primero en levantar la mano. Casi antes de que ese hombre noble terminara de tocarles el orgullo. Y el alma.

* * *

Mira la pelota, cierra los ojos un par de segundos y cuando vuelve a abrirlos, automáticamente vuelve a escuchar los gritos, el bullicio de las hinchadas. Parado en medio de un estadio ruso que luce a pleno, llenísimo. Con el arquero brasileño esperándolo, haciendo señas y gestos ampulosos, tratando de ponerlo nervioso.

Pero semejante escenografía ya ni lo inmuta. Pablo simplemente sonríe.

Sonríe porque está confiado en sí mismo. Porque el miedo ya se fue. Igual que los nervios. Que cualquier duda.

Escucha el silbato y comienza con paso cansino el tránsito hacia esa bendita pelota. "Seguro, tranquilo", tal cual las enseñanzas del Profe.

Porque sabe que va a abrir el pie. Que la va a acariciar… Que la va a poner al lado del palo… Y que después, antes que la pelota bese la red, se va a dar vuelta y va a correr como un loco, con los brazos abiertos, bien abiertos, para poder abrazarse con sus compañeros que corren hacia él.

Como hace 15 años...


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