El fútbol te inspira

Tardes jugando a la pelota

Ya no quedan más potreros como antes: ¿es una realidad o sólo un "mito" urbano?

Muchos chicos siguen disfrutando del campito y de esa increíble sensación de jugar a la pelota sin tiempo ni espacio. Aunque los más grandes admiten un cambio en esta costumbre bien nuestra.

   “A veces cuando vuelvo de entrenar me están esperando para venir a la canchita. Así que, tomo el té rápido y nos venimos a jugar a la pelota. No nos perdemos ningún día”.

   Facu es uno de los dueños de la pelota en el Barrio Ferro y uno de los encargados de hacer que el potrero se llene de nenes y nenas detrás de ella. Facu es zurdo y, según Ismael, es el mejor de ellos.

   “Facu hacé tu truco. Facu es el mejor pateando”, cuenta Isma, mientras disfruta de jugar de arquero y de volar para todos lados.

   Entre ellos inventaron un entretenimiento que sirve como excusa para pasar el rato en la canchita: el juego de los arqueros.

   Uno patea, otro ataja y a medida que van convirtiendo el goleador se suma al arco. Hasta que el último -suele ser Facu- patea contra tantos arqueros como pibes haya jugando.

   “Se complica, porque se ponen los más altos atrás y hay que pegarle bien arriba”, cuenta Facu, a quien lo vieron jugando una vez en el potrero y lo becaron para Villa Mitre.

   Mientras Facundo, Ismael, Gonzalo y Franco (de entre 13 y 9 años) cuentan orgullosos que hace unos días se armó un picado tan numeroso como lindo, que eran las 12 de la noche y seguían jugando.

   En ese momento, Naiara cruza la calle y se suma, porque el potrero es diversión, entretenimiento, horas y horas de distracción y, también, ejemplo de inclusión.

   Más tarde se agrega Axel, que se había ido a la casa y volvió a patear otro rato. Son cerca de las cuatro de la tarde y la pelota rueda desde las 11, con un parate para comer algo y volver.

   Ellos son parte de la postal del potrero, como la pelota de Facundo y los padres que están ayudando a levantar unos baños al lado del campito, para la escuelita del barrio.

   Y, también, son una muestra de tantas de que esto que se encuentra incorporado en nuestro ADN argentino, se fue extinguiendo, pero aún sigue vivo.

   Un tiempo después de que el fútbol aterrizara en nuestras tierras se hizo popular, ya que con muy poco podía practicarse: un lugar más o menos libre, algo que hiciera las veces de pelota y dos buzos, dos piedras o lo que fuera para armar el arco.

   No hace tantos años, los potreros se contaban de a cientos en los barrios y eran fábricas incalculables de futuros cracks de la pelota.

   No obstante, la urbanización invadió los viejos baldíos donde nuestros padres o abuelos nos contaban que gastaban zapatillas (tener un buen par de “Flechas” o de “Sacachispas” era casi un bien de lujo) y así se fueron desplazando.

   En esos lugares, la tierra y algún yuyo dejaban el escenario ideal para pasar horas y horas corriendo detrás de una pelota, la cual no tenía por qué ser una pelota.

   “Esta es la mejor cancha, porque hay dos canchas juntas”, dice Yiuli, con orgullo.

   Esa cancha se encuentra en Stella Maris, donde Yiuli y sus amigos suelen juntarse a patear. Y donde intentan pegarle al travesaño mientras la tarde de otoño parece detenida en el tiempo... En el tiempo de los potreros.

   Además de la urbanización (uno de los factores fundamentales), el gran incremento del parque automotor, que casi no deja calle tranquila para patear entre amigos, es otro de los “culpables” de la merma de estos lugares que se transforman, al menos por un rato, en el mejor estadio de todos.

   La tecnología y la gran cantidad de alternativas o actividades, entre las que se encuentra la práctica de fútbol en un club o escuelita de barrio, fueron “quitando” tiempo para que a los más chicos -y los no tanto-, no les alcance el día para el potrero.

   O bien, la práctica fue mutando con partidos organizados en canchas de fútbol de césped sintético (en sus distintas dimensiones) o la participación en ligas organizadas, según las distintas realidades socio económicas de cada sector.

   Lo cierto es que la esencia del potrero nunca se perdió. Esa que reafirma códigos por más que no estén escritos, la que cada día alimenta sueños después de tirar un caño, meter un gol o, simplemente, ganar un picadito, ayudando a más de uno a creer que la vida puede darle oportunidades.

Distintas miradas

   “Hay un montón de potreros en Bahía. Yo creo que si me preguntabas hace ocho años atrás, te hubiera dicho que había poco y nada. Después se generó un movimiento, es como que creció; este año hay casi 40 escuelitas en la Liga Municipal y cuando nosotros nos anotamos, éramos 15. Si me hubieras preguntado antes te hubiera dicho que no, pero hoy hay un movimiento de potreros y lo que significa tener un club dentro de un barrio; es súper importante la tarea que hacemos”, contó Victoria Yañez, presidenta y entrenadora de la Escuelita de Fútbol y Hockey Barrio Ferro, donde más de 80 pibes practican ambos deportes y reciben contención.

   Esto y muchas otras cosas hace e hizo que el “crack de potrero” no desaparezca y siga existiendo, con su habitual picardía para jugar a la pelota, incluso en el mundo del fútbol.

   “Muchos chicos han salido de los barrios. En su momento, a mi me tocó ser entrenador de Olimpo y llevé a Luca Orozco y Ezequiel Vidal, que ahora están jugando en la Primera de Olimpo. Ellos salieron de estas Ligas, del fútbol barrial. Por ahí el chico después, formándose, puede dar un paso a las instituciones. Si bien se apunta a otra cosa, siempre la competencia barrial es interesante, pueden surgir buenos futbolistas. Pero siempre el mayor hincapié se hace en la formación”, explicó Marco González, uno de los encargados de la Liga Municipal de Fútbol.

   La misma nuclea a estos clubes barriales y le da participación a unos tres mil chicos.

   “Mientras al chico se le dé libertad, se le permita divertirse y los entrenadores bajen líneas claras, el jugador de barrio seguirá saliendo. El fútbol es eso. Ahora, la situación está más difícil y ya no se juega tanto en el barrio como antes, por eso el chico necesita estar con un profesor. Dentro de ese marco, la enseñanza tiene que tratar de ser lo mejor posible para que el chico se desarrolle de la mejor manera”, agregó González, ex DT de Bella Vista y Olimpo, entre otros.

   Desde otro lugar, aunque en el mismo sentido, Daniel Rivera, del club El Cometa, aportó su visión sobre el tema.

   “Nosotros somos un club de contención y el potrero es algo fundamental para nosotros. ¡Quedan pocos potreros igual, eh! Se han perdido en el tiempo. Creo que es una cuestión generacional”, admite Rivera, quien junto a su club asiste a más de 100 chicos, aportándole mucho más que un lugar para practicar un deporte.

   “El jugador de potrero está, es muy buscado. Lo que pasa es que en los clubes de barrio como nosotros, al chico lo tenés desde un lugar de contención. Ellos después, cuando tienen que ir a un club denominado grande, por más que sea un crack, a veces les cuesta incorporarse al sistema de ese club: a los hábitos y al régimen de entrenamiento que es más duro. O está complicado porque los clubes casi no becan chicos, entonces el chico se termina volviendo al club de barrio o no juega más. El crack, está. El pibe de potrero, está. Lo que pasa es que los clubes denominados más grandes no han sabido incorporar la parte social o de contención. Es algo que lo vivís en un club de barrio; son sistemas distintos”, agregó Daniel.

   En menos cantidades que en otros tiempos, los pibes siguen disfrutando de los potreros y muchas veces encuentran ahí la contención que necesitan para seguir adelante. Y en la pelota, la aliada ideal para pasar la tarde o ir en busca de sus sueños.

Fuente: La Nueva.


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