Debates en el área

Enganche literario

Ella y Aimar

La Tía Eufrasia llamaba seguido a las cuatro de la madrugada: casi siempre lo hacía porque tenía algo urgente para contar, casi siempre nos daba un susto y casi siempre estaba lo suficientemente sorda como para oír nuestra bronca porque llamaba seguido a las cuatro de la mañana.

Pero esa madrugada llamó a las tres.

Llamó a las tres y no nos dio tiempo ni a asustarnos ni a embroncarnos porque enseguida dijo, desbordada, acelerada, como si las palabras le viajaran más rápido que los labios, como si el corazón le ganara una carrera a la voz, que se sentía feliz porque le había ocurrido algo extraordinario. Y, acelerada y desbordada, pronunció lo extraordinario: en Río Cuarto, en el estadio, en el Maracaná de la calle España, había visto jugar a Pablito Aimar.

La Tía Eufrasia era una experta en lo extraordinario. Lo recordábamos perfecto en ese momento, cuando ella nos hablaba y encadenaba frases que escuchábamos sin concentración, como se escucha a una tía que llama seguido a las cuatro de la madrugada. “Pablito estuvo fantástico”, sintetizaba. “Había muchísima gente”, agregaba. “Algunos lloraban y otros se reían”, se explayaba. “En el público estaba su papá y en la cancha, jugando con él, estaba su hermano”, resaltaba. “Qué emoción, qué emoción”, enfatizaba mientras reía y lloraba, como habían reído y llorado los que se habían juntado en el Maracaná de la calle España para disfrutar del talento de Pablo Aimar, crack de cracks, que durante muchos años y muchas jugadas había justificado la existencia del pasto de las canchas del planeta, que había brillado por encima del sol en el fútbol más famoso, que se había retirado de los pastos y del brillo hacía un tiempo no tan corto y que había retornado por una vez, por una sola vez, a la pelota, a los pastos y a los brillos porque le quedaba pendiente jugar un partido en el Estudiantes de Río Cuarto, su ciudad, y en el Maracaná de la calle España, acaso el primer estadio en el que aprendió que el fútbol es una esperanza o no es nada.

“No aguantaba más”, se sinceró la Tía Eufrasia para explicar que llamó a las tres y no a las cuatro de la madrugada porque necesitaba que esa experiencia que la había conmovido tanto, ese Aimar que la había conmovido tanto, se trasladara desde su garganta hasta las orejas de alguien. Bah, hasta las orejas nuestras. Y a nosotros, más allá de sustos y de broncas, eso no nos pareció extraño.

No nos pareció extraño que nos llamara a las tres de la madrugada para narrarnos algo extraordinario, pero sí que lo hiciera desde Río Cuarto. Un día antes, la Tía Eufrasia nos había comunicado que sus vacaciones avanzaban fenómeno y que tanto su marido, el Tío Baldomero, como ella, disfrutaban del aire de Mar del Plata.

Hay extrañezas gigantes y hay extrañezas mínimas. La nuestra era de las segundas. Al cabo, cada llamada de la Tía Eufrasia a las cuatro de la madrugada portaba ese tipo de extrañezas. En algún julios no había sacudido la calma del descanso para enterarnos de que en otro julio anterior, el de 1950, Alcides Ghiggia había hecho un gol para que Uruguay le arrebatara el título del mundo a Brasil en el Maracaná de las calles cariocas, pero, sobre todo, para revelarnos que ella, tiritando de asombro en una de las tribunas de ese estadio, le había anticipado al propio Ghiggia que la humanidad denominaría “Maracanazo” a ese estremecimiento. En el agosto de 1997, su contacto de las cuatro de la madrugada nos trajo la noticia de que, en París y a metros de las aguas del Sena, Lady Di había muerto en un accidente de autos, apenas unas horas después de que ella, nuestra tía, mojara los dedos gordos de los pies en el mismísimo Sena. En el julio de 1974, aún con las imágenes frescas de la final del Mundial en la que el local Alemania venció a Holanda, los sustos y las broncas se nos vinieron al cuerpo a las cuatro de la madrugada cuando la Tía Eufrasia nos compartió que en el instante en el que el gran Cruyff, subcampeón y maestro, se retiraba de la cancha, ella, que andaba por Munich, se colgó de una baranda, le gritó “sos el mejor, Johan” y Cruyff le sonrió. Como transcurríamos festejos y abrazos desvelados, un llamado de las cuatro de la madrugada de finales del junio de 1986 no nos despabiló: la Tía Eufrasia, eufórica en los pasillos del estadio Azteca, nos pormenorizó cómo el alma se le había puesto quieta durante la marcha de Jorge Burruchaga rumbo al gol que transformó a Argentina en campeón mundial.

Había tías en la familia que nunca nos llamaban ni a las tres ni a las cuatro de la madrugada y que tampoco eran expertas en lo extraordinario. Sí, en cambio, se portaban como expertas en lo ordinario al hablar mal de los relatos de la Tía Eufrasia. El Tío Baldomero, marido de amor, defendía a su pareja con un buen gusto semejante al que exhibía Aimar para defender la belleza y la nobleza del fútbol. “Ella inventa”, le porfiaba una de las tías no extraordinarias. Y él replicaba: “Ya lo proclamaba García Márquez: ‘La vida no es la que uno vivió sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla’”. “Ella hace farsas”, insistía otra de esas tías. Y él devolvía: “Ya lo comprendía Osvaldo Soriano, citando a un personaje de Armando Discépolo: ‘Hijo, si vos lo soñaste, yo lo viví’”. Una tarde fulera, a una de esas tías (“Refutadora de leyendas”, apuntaba el Tío Baldomero, que dominaba de memoria ese y otros hallazgos de Alejandro Dolina) se le incendió la boca y, directamente, soltó: “Ella miente”. El Tío Baldomero no apeló a ninguno de sus autores queridos y contestó con una frase hasta entonces sólo suya y de ahí en más patrimonio de la humanidad:

-La única mentira en la vida es vivir sin soñar.

El Tío Baldomero adoraba a la Tía Eufrasia. Una noche se introdujeron en un cine para gozar de “El gran pez”, la película de Tim Burton en la que el protagonista convive con brujas, con gigantes, con un pueblo entero distinto a cualquier pueblo y en búsqueda de un pez singular que no se deja atrapar. Su propio hijo duda de la veracidad de esos relatos. Cuando salieron del cine, la Tía Eufrasia confesó que había acompañado en más de una ocasión al protagonista de la película para tratar de atrapar a ese pez. Como reacción, el Tío Baldomero la besó hasta el amanecer.

Aquella madrugada en la que nos llamó a las tres, la Tía Eufrasia admitió que se identificaba con Aimar. Primero pensamos que le sucedía lo que a miles: hasta Lionel Messi, de pibito, se había propuesto emular a Aimar como futbolista. Sin embargo, la tía nos desacomodó: “Aimar escribió un cuento, un hermoso cuento en el libro Pelota de papel. Se llama El Maracaná de la calle España. Es la historia de un gol de su papá, que hizo lo que Pablo no pudo: jugó mucho y muy bien en el Maracaná de la calle España, el escenario de ese gol. Con los años, el gol se convirtió en mito. Muchísimos juran haber sido testigos de ese gol, pero lo detallan bien diferente. Y Aimar se da cuenta de que eso no importa, de que eso es lo que menos importa. Fíjense cómo lo escribe: “Me imaginé muchas veces ese gol. Todas esas veces, la cancha estaba y está llena. Llena o más que llena, si eso fuera posible. Y están todos, absolutamente todos, los que alguna vez me dijeron así, textual, lo que sigue: -Yo estaba el día en el que tu viejo hizo el golazo de ‘pata de catre’, en la cancha de Estudiantes”.

Nosotros, ya mansamente entregados a permanecer despiertos, le preguntamos a la Tía Eufrasia por qué se identificaba tanto con Aimar. La primera respuesta fue muy de ella: “En la camiseta con la que jugó en el Maracaná de la calle España su último partido, él se puso el título de una canción de La Renga, ‘El final es en donde partí’. Yo, en la mitad de los noventa, salté y bailé en el show en el que presentaron ese tema. Inclusive, se los conté a los muchachos de La Renga y la verdad es que se alegraron mucho”. La segunda respuesta, también fue muy de ella: “Aimar hizo un cuento sobre un estadio en el que jugaba su papá y, después, se dio el gusto de jugar en ese estadio junto con su hermano y delante de su papá. Sabe lo esencial del fútbol, del arte, de la vida: la realidad se puede volver cuento y los cuentos se pueden volver realidad”.

No pudimos pegar un ojo cuando la Tía Eufrasia se despidió. Ni por susto ni por bronca ni por la evidencia de que ella progresaba en su sordera ni, tampoco, porque no nos alcanzaba ninguna matemática para proyectar cuánta gente dentro de poco y dentro de mucho aseguraría en infinitas sobremesas que acudió al Maracaná de la calle España aquella noche en la que se despidió Pablito Aimar.  Acaso a través de la Tía Eufrasia, o de la sociedad entre Aimar y ella, se nos había vuelto nítido que todos, aun sin ser dueños de la magia de Aimar, podemos hacernos expertos en lo extraordinario. O, al menos, intentarlo, que también es algo extraordinario.

A la madrugada siguiente, por suerte no hubo ningún llamado a las tres. Pero sí a las cuatro. Imbatible: la Tía Eufrasia. Ni indagamos si parloteaba desde Río Cuarto, desde Mar del Plata o con los dedos gordos en el Sena. Sólo la escuchamos:

-Necesitaba contarles algo. ¿Se acuerdan de lo que hablamos sobre el gol del papá de Pablito Aimar en el Maracaná de la calle España? Yo estuve en ese partido: fue un golazo.

Fuente: Página 12.


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