Así lo veo yo

Rotura de ligamentos cruzados / El quinto mes

Una fase clave para recuperar la rodilla

El Profe Omar Correa muestra con su hijo Joaquín cómo se debe trabajar en forma silenciosa y responsable para culminar la última etapa de trabajo para retornar a la práctica activa tras sufrir una de las lesiones más temidas.

La rodilla es la articulación más grande del esqueleto humano y sus distintas lesiones son, en principio, las más frecuentes entre los futbolistas, sobre todo la rotura de ligamento cruzado. Esta lesión afecta, sobre todo, a aquéllos cuyo tren inferior está sometido a continuos sobreesfuerzos y cambios bruscos de ritmo o dirección del movimiento.

La rotura del ligamento cruzado de la rodilla, sobre todo la anterior, es por regla general una de las lesiones más temidas por los futbolistas, por varios motivos:

En el caso de los deportistas de elite, la intervención quirúrgica es, en muchas ocasiones, inevitable si quieren continuar con su actividad.

¿Qué es una rotura del ligamento cruzado y cómo se produce?

Un ligamento es un haz de fibras de colágeno con forma de banda cuya función es limitar el movimiento de la articulación para que no sobrepase los límites anatómicos y biomecánicos. La estabilidad de la rodilla está asegurada por cuatro ligamentos: los ligamentos cruzados anterior y posterior y los ligamentos laterales interno y externo.

Los ligamentos cruzados son dos estructuras que se cruzan en el interior de la rodilla, unen la tibia con el fémur y proporcionan estabilidad en los movimientos de extensión y flexión.

Existen dos tipos de ligamentos cruzados:

Ligamento cruzado anterior (LCA), evita que la tibia se desplace hacia delante con respecto al fémur. Su rotura es la más frecuente.

Ligamento cruzado posterior (LCP), su función es impedir que la tibia se desplace hacia atrás.

La lesión de estos ligamentos se produce tras un cambio brusco de dirección de la rodilla, una desaceleración exagerada o una contusión. Puede darse, por ejemplo, cuando se apoya mal la extremidad tras un salto o cuando se frena precipitadamente durante una carrera.

Los principales síntomas cuando un deportista sufre una rotura del ligamento cruzado son:

- Un chasquido.

- Un intenso dolor en la zona.

- Dificultad cuando trata de apoyar la pierna, llegando incluso a no poder usarla para desplazarse.

- Inestabilidad en la articulación de la rodilla.

- Cierta inestabilidad en la marcha.

- Cerca del 70 % de los jugadores sufre un derrame hemático (de sangre) en las 24 horas siguientes a sufrir la lesión.

Debido a la lesión, el movimiento de extensión o estiramiento de la articulación se limita mucho, eso hace que el afectado tienda a mantenerla en una posición de semiflexión. Con el paso del tiempo esto lleva a que se produzca una inflamación, moderada o extrema, de la rodilla, por eso el mejor momento para valorar la lesión es inmediatamente después de que ésta se produzca.

Diagnóstico

El dolor que sufre el deportista y la posible asociación de esta lesión con otras lesiones meniscales –entre los futbolistas suele ser frecuente la lesión del ligamento lateral interno y el menisco interno-, hacen que el diagnóstico inicial de una lesión de ligamento cruzado sea, por lo general, difícil”.

Cómo tratar una rotura del ligamento cruzado

Una vez diagnosticado, el especialista en medicina deportiva decidirá cuál es el protocolo de actuación a llevar a cabo. Si la lesión es grave, pues se observan signos radiológicos de fractura o existe laxitud articular, se recomienda la intervención quirúrgica, sobre todo en el caso de deportistas de elite como son los jugadores de fútbol.

- Tratamiento previo. Los especialistas recomiendan, como tratamiento inicial, evitar la hinchazón de la zona, con:

- Reposo absoluto.

- Aplicaciones de hielo durante los tres primeros días, entre 10 y 15 minutos cada dos horas.

- Un vendaje para comprimir la rodilla.

- Mantener la pierna elevada por encima del corazón, siempre que sea posible.

- Utilizar apoyos al andar, como una muleta o un bastón, durante la primera semana.

Si el tiempo de espera para la intervención se alarga más de una semana, el deportista debe realizar los trabajos de rehabilitación de la zona. Trabajos consistentes en ejercicios de contracción del cuádriceps para evitar la atrofia de la articulación y reforzar la musculatura de la rodilla.

También puede empezar a practicar, con moderación y si la rodilla se lo permite, natación o bicicleta y emplear la electroestimulación. Como refuerzo, puede utilizar una rodillera articulada estabilizadora o de protección, aunque su uso no garantiza que no pueda volver a sufrir la lesión.

Intervención quirúrgica: Todos los especialistas coinciden en que la artroscopia –que se realiza con instrumentos endoscópicos- es la mejor opción para tratar esta lesión, pues no se abre la articulación y produce menos dolor, rigidez e hinchazón. Además disminuye el riesgo de sufrir complicaciones y el tiempo de hospitalización.


Fases de la recuperación

Durante la primera semana, es necesario tomar las mismas medidas que durante el tratamiento previo a la intervención (reposo, hielo, compresión y elevación).

En la segunda semana, que es cuando se retiran los puntos, el jugador debe aplicarse hielo tres veces al día, realizar ejercicios activos de flexión de la rodilla, pero sólo hasta 90º, y masajes drenantes para disminuir la inflamación de la rodilla, así como desplazarse siempre con muletas.

Durante la tercera semana, puede empezar a movilizar la rótula y realizar ejercicios activos de flexión de la rodilla hasta el umbral del dolor. Los especialistas recomiendan practicar de forma moderada la natación y comenzar a reeducar la marcha, dejando de lado ya las muletas.

En la cuarta semana, el jugador debe empezar con el entrenamiento propioceptivo y de equilibrio, realizando ejercicios para potenciar la fuerza de la pierna y ejercicios pasivos de flexión de la rodilla. En esta fase es recomendable iniciar el trabajo con la bicicleta.

A partir del primer mes, la realización de ejercicios propioceptivos se hace imprescindible para recuperar la rodilla al cien por cien. Además, el deportista debe forzar la rodilla hasta llegar a los rangos de movimiento habituales, tanto de flexión como de extensión, realizar ejercicios de fortalecimiento de la musculatura anterior y posterior de la pierna y aumentar poco a poco la intensidad de las actividades deportivas que normalmente realiza.

Es a partir del quinto mes cuando se desarrollan las ejercitaciones técnico-fìsicas para la recuperación de la forma deportiva.

Justamente esta fase amerita un trabajo clave y de mucha responsabilidad para que el futbolista pueda retomar la actividad competitiva.

De allí que comparto el siguiente video, realizado en la cancha de Liniers con mi hijo Joaquín, en el que se manifiestan cada uno de los trabajos a realizar en esta etapa.


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