Ayer fuimos pibes

Mi Viejo, mi hermano y yo

Antes, era mucho más difícil tener un ídolo

“Dar ejemplo no es la principal forma de Influir en los demás; es la única”.

 

Escribirlo mil veces,

Volver a escribirlo otras tantas
leerlo y corregirlo muchas más
sin el afán de lograr hacerlo bien…
simplemente,
con la excusa de poder seguir
reviviendo esos momentos,
de seguir emocionándome,
de seguir agradeciendo.
A vos, mi ídolo.

Por Sebastián Polla. Formador de Bella Vista

¿Sabés que pasa?  Podría explicártelo mil veces, pero nunca lo vas a entender… Mirá... Cuando yo era chico los partidos en la tele prácticamente no existían, ni hablar los programas de fútbol, con fortuna (si no te dormías antes y tus viejos te aguantaban despierto hasta tan tarde) podías ver después de las 12 los goles en Fútbol de Primera, o podías levantarte los domingos a las 10 para poder ver los partidos de Italia (si tenías suerte veías al Diego en el Nápoli o a Ruth Gullit y Van Basten en el Milan).

Pero con vos es totalmente distinto, vos naciste y te criaste con ESPN, vos pasaste tu niñez y tu adolescencia viendo a tus ídolos todo el tiempo, mirando absolutamente todos los goles que metían, las jugadas increíbles repetidas hasta el cansancio. Incluso, hasta pudiste ver lo que hacían cuando no jugaban. Tuviste a tus ídolos todo el tiempo al alcance de tus manos.

¿Pero sabés qué? Vos solo los pudiste ver en la tele, no pudiste verlos a “ellos”, su mirada, sus gestos. No sentiste como si fueran tuyas sus “calenturas” y no escuchaste sus puteadas por lo bajo… Por eso, creeme cuando te digo que no es lo mismo.

Antes era mucho más jodido tener un Idolo, ese ídolo que todo pibe futbolero necesita que le sirva como espejo, como motivación, como una excusa para justificar todo lo que hace. Simplemente por las ganas y la esperanza de poder algún día llegar a ser como él, o aunque más no sea, parecerse un poco. Te repito, y estoy seguro que no me equivoco, cuando yo era chico no era fácil tener un ídolo, pero gracias a Dios, yo fui uno de los pocos afortunados que pude tener uno. Dejame que te cuente para que entiendas…

Nosotros, esperábamos toda la semana que llegara ese día, ya cuando te despertabas sabías que era distinto, no sé bien que era, si excitación, alegría, impaciencia o quizás un poco de cada una, pero te juro que era una sensación única, que no la sentíamos los otros días y hacia que literalmente saltáramos de la cama.

¿Sabés por qué esperábamos como locos ese día? Simplemente porque sabíamos que el sábado íbamos a la cancha… a verlo jugar.

Sí, a verlo jugar, porque en realidad el equipo mucho no nos calentaba (y eso que éramos los hinchas número uno, ¡eh!), pero lo importante era verlo a él.

Cuando entraba a la cancha no podíamos dejar de mirarlo, le prestábamos atención hasta a la entrada en calor, cuando se turnaban para patear al arquero desde fuera del área (a veces alguno se desgarraba en ese momento y salía puteando, pero él nunca, hasta la entrada en calor hacia bien).

El partido era lo de menos. Es más, a veces nos alcanzaba con verlo unos minutos, pero esos minutos los vivíamos a morir, alentábamos, inventábamos cantitos, comentábamos las jugadas y, a veces (si no nos cagaban a pedo), había alguna puteadita para el referí.

Viste que desde los ojos de un pibe de 8 años se ven cosas que los grandes no ven y se sienten cosas que los grandes no sienten, no se analiza tanto todo, podés prestar atención a esas  cosas que realmente son imperdibles. A esa edad podés sentir el fútbol como lo que verdaderamente es. Todavía estás limpio, no tenés prejuicios y lo que pensás y sentís no está contaminado por lo que opinan los demás, los que supuestamente “saben de fútbol”. Lo que vos pensás… es ley.

Igualmente, estoy seguro que si alguien hubiera querido cambiar nuestra visión, o modificarla un poquito, no hubiera tenido éxito, porque para nosotros era un fenómeno, como todo ídolo que se precie de tal.

¿Y qué querés loco? ¡Si hacía todo bien!

Con la pelota en los pies no se equivocaba (y si lo hacía era porque seguramente le había picado mal en algún pozo o en alguna mata), ordenaba el equipo dando indicaciones constantemente. Si el delantero la mandaba a guardar, seguramente el primer pase lo había dado él y, sino, seguro había recuperado la pelota que inició la jugada.

Si tenía que cagar a pedos a algún compañero lo hacía, pero si había que “atender” a algún rival porque se la había puesto a alguno de los suyos tampoco tenía problemas. Se la ponía calladito y a otra cosa.

Era completo, pero lo que más admirábamos de él era cómo vivía el partido, la mirada,  los dientes apretados, las calenturas, las pulsaciones todo el tiempo a mil. Sin regalar nada. Te juro que a veces la cara te daba miedo.

Es que el fútbol no lo jugaba solamente… Lo vivía.

Eso que nos pasaba, es lo que realmente logran que pase los ídolos de verdad (no los de la tele). Eso que solo consiguen los ídolos de carne  y hueso, los que pueden transmitirte lo que ellos sienten, lo que viven… ¡cómo lo viven! Estos ídolos son los que, sin darse cuenta, “te dejan algo”, ese algo que te hace distinto, que te va cambiando. Y que de a poquito te va acercando a lo que vos más querés… Ser como él.

¿Y sabés qué es lo mejor? Que el tipo no era profesional, no jugaba en ningún equipo famoso, no usaba la 10 y, aunque no lo creas, tampoco hacía goles, pero aun así para nosotros era único.

Mirá..., podríamos estar horas así, tratando de explicarte la diferencia entre tus ídolos y el mío, pero me parece que estamos perdiendo el tiempo. Estoy seguro que no vas a entender. No porque no quieras, ¡eh! Sino, simplemente, porque no podés.

¿Y sabés por qué? Porque vos no viviste lo que yo viví…

Vos, no te sentiste parte de la previa, ayudando a preparar la limonada.

No ayudaste a los suplentes a entrar en calor haciendo pases, pegadito a la raya.

Vos no tomaste mate cocido con los jugadores en el entretiempo.

A vos no te cagó a pedos el línea y no sentiste la adrenalina de tener que meter un pique corto para buscar la pelota que se había metido dentro de la cancha, antes que la jugada venga para ese lado.

No fuiste volando a buscar la pelota entre los autos y alcanzarla para hacer rápido un lateral porque el equipo iba perdiendo.

Vos no tuviste que estirarte (sintiendo un dolorcito hermoso en los hombros), subido a caballito de uno de los jugadores, para desenganchar las redes de los arcos una vez terminado el partido.

Vos no lo viste enrollar las vendas con la prolijidad propia de un ritual.

No sentiste el olor a Atomo, ni te pusiste un poquito para ver cómo era.

Vos no pateaste penales apurado con tu hermano, porque entraban los equipos a la cancha y tenías que dejar el arco.

No intercambiaste miradas y sonrisas cómplices con los jugadores en el medio del partido.

Vos no lo viste a tu ídolo, agotado y transpirado, seguir unos minutos más en la cancha solo para patearte unos tiros en el arco grande.

Pero fundamentalmente no lo vas a poder entender nunca, pero nunca… Porque no tenías 8 años como yo.

No ibas a la cancha con tu hermano.

Y porque tu Viejo no era el 6 de “11 de Abril Distribuciones”.


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